Así comenzo nuestra andadura …

1er festival

1er Festival Club El Pasillo, 1 de Octubre de 2005

Cada día cuesta un poquito más, es justo reconocerlo. No siempre depende de nosotros, de nuestra vagancia, del reúma, del frío o las ganas de quedarse cómodamente en el sillón de casa con la babilla siestera colgando. La mayoría de las veces depende del tiempo disponible, ese tiempo precioso que ahora se nos va en nuestros trabajos, las familias, los compromisos o, sencillamente, en esas nuevas aficiones que hemos ido desarrollando a lo largo de los años. Y sin embargo, de vez en cuando, siempre que podemos, agarramos el tablón (hace ya mucho tiempo que renegamos de los “llaveros”) y nos damos un chapuzón. Afortunadamente, en el maletero del coche siempre hay un neopreno, una toalla y una pastilla de parafina. Tal vez ya no entremos todos los días pero no será porque no estemos preparados. Remontar se hace duro, mucho foam y demasiado músculo fofo, además no todos tenemos la habilidad de Pablo para hacer la “tortuga” (yo ni siquiera lo intento ya, me limito a agarrarme a la tabla y dejar que la espuma me pase por encima) pero está en juego el orgullo ¡qué cojones! nuestro primer baño fue hace veinticinco años y ¿no vamos a llegar ahora al pico sin echar el bofe por el camino?.

Algún niñato nos mira con cara de medio asombro. Nosotros también le miramos. Es ágil, puro nervio, el traje no le pesa una tonelada como a nosotros. El puñetero cabrón se va a pillar tres olas por cada una de las nuestras pero aquí nos gustaría verte dentro de diez años, cuando tú también tengas que pagarte tus facturas. Nosotros somos los viejos, los veteranos, los que “ya estábamos aquí cuando tú no habías nacido”. Somos los malditos yonkis del surf. La frase no es mía, es de Gorka. Nos la soltó a Kike y a mi hace un par de veranos, un día que coincidimos en el agua y entre los tres sumábamos más años que todo el resto de corcheros que nos rodeaba juntos. Y me gustó tanto que la guardé en un rinconito de la memoria en espera de poder escupirla. Porque esa frase no se dice, se escupe. Desde aquél día estupendo, creo que solo he entrado al agua tres veces o así, pero no se trata de la cantidad de olas que pillas, ni de lo bueno que seas al surfearlas, sino de esa irresistible atracción, a veces latente durante meses, que nos martillea en lo más recóndito del alma, la llamada del salitre, de la rompiente, de la marea. Ese instinto que nos hace volver al pico, por más tiempo que haya pasado, y que comparte las raíces del aullido del lobo, la orientación de los salmones y la arquitectura de las telarañas. Una especie de nexo de unión con el litoral, que no pedimos ni sospechamos que nos atraparía de esta manera en aquellos días en los que nos la compusimos para agenciarnos una “single” llena de remiendos y bolsas de agua y destapamos la caja de Pandora

Y, por todo eso, el día que Rafa me reenvió la invitación al “1º Festival de Surf Club el Pasillo”, a pesar de obligaciones, lluvias y custodias, me calcé las chancletas y allá nos fuimos los dos a ver qué se cocía en la playa. El tiempo era malo, malo de cojones, con fuerte viento gallego que convertía las olas en una especie de revoltijo muy poco apetecible. En la esquinita de la playa, junto a la casa de Txapu, estaban los demás yonkis. Con cuatro palos, una señal, una bocina y un par de… se habían montado un campeonato ¡no te jode! Y lo que es más, no iban a dejar pasar a nadie sin pagar peaje. Rafa esquivó muy bien el embate pero yo, que nunca he sabido decir que no, me vi, casi sin enterarme, corriendo al agua con la tabla y el traje de Jaime (que tuvo la inmensa amabilidad de prestarme su equipo). Ese es el espíritu que nos anima, superadas ya, gracias a Dios, las tonterías de la adolescencia y atrapados en una intersección entre la juventud y la madurez, disfrutamos del puro placer de reunirnos, no para competir, que éso no es más que la excusa, sino para compartir, que para éso somos iguales. Quiera Neptuno que sigamos siendo yonkis durante mucho tiempo aún y que el Club el Pasillo tenga larga y provechosa vida. Germantxu

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